UNA PASTELERÍA EN TOKIO: El corazón de la judía.

"Blanco manto
cubre el firmamento.
Cerezos en flor."

El Haiku, de origen difuso en el tiempo, es una expresión poética nipona escrita de forma escueta y respetando su simbolismo e intrincada complejidad <<cortito y sincero, pero matón>>. Su estructura corresponde a diecisiete sílabas o para ser más precisos “moras o jion”, una medida acuñada en la época, que no llega a alcanzar una sílaba completa de nuestra lengua romance. Siendo más específico, el haiku se compone en tercerillo, una estrofa con tres versos de cinco sílabas iniciales, siete intermedias y cinco finales. Su contenido tiende a ser natural, expresando un escenario principal o situación y concluyendo con una resolución de impacto o esclarecimiento. Se piensa que su concepción es parte de la cultura Zen, pero sin desprestigiar la misma, en la obra milenaria “Man’yōshū”, del siglo VIII, podemos encontrar vestigios de este tipo de poesía y actitudes características de la misma.

De lo que sí podemos hablar es de su evolución. El “katauta” (siglo VIII) poseía la misma estructura que el actual haiku, y era normalmente acompañado por un segundo tercerillo, lo que en su conjunto se llama “mondoo”. Éste consistía en un primer tercerillo formando una pregunta y el segundo explayando la respuesta <<Qué chungas eran las conversaciones en esos días>>. Con el tiempo su cuerpo se fue modificando, pasando por el “tanka” (un katauta más una estrofa de dos versos de siete sílabas); el “renga” (un tanka con varias respuestas) o conocido por “haikai renga”, cuando la expresión era humorística; el “hokku” (siglo XVII, Matsuo Bashō), con la influencia Zen <<los hippies nipones>>, es considerado el regreso a la estructura inicial y más orientado a la poesía naturalista; y, por último, a finales del siglo XIX aparecería el popular neologismo de “Haiko” gracias al crítico literario Shiki.

// Una re-edición de Man’yōshū. <<Si trae un CD y todo>>. //

El haiku habla de la naturaleza, de las cosas cotidianas y es de rima disonante. Su estructura puede sufrir algunos cambios, pero siempre debe permanecer la sencillez  <<no el simplismo, que no es lo mismo, que te veo escribiendo veinte seguidos con tus chorradas>> y transmitir un sentimiento inteligible.

Pero aquí venimos a hablar de un film, ¿no? <<No, pues me voy a tomar un café>> Pues metámonos en materia.

Tokio, consagrada en tiempos feudales por su antiguo nombre Edo, es una de las urbes más bulliciosas del mundo, albergando a millones de ciudadanos y ostentando un cosmos de movimiento perpetuo. Luces y colores invaden la noche, acompañados por el ruido de pisadas en el asfalto que se mezclan con las voces ininterrumpidas y los estruendos de la corriente. El firmamento es invadido por la reverberación de los neones y el remanente del destello de sus propios incandescentes gases, donde las estrellas no entran, las personas no las extrañan y la ausencia repercute en el acto mismo de recordarlas. Pero esto no va de la noche, si no del dominio de Helios, aunque igual de estridente, al cual debemos regirnos, ya que es la jornada laboral lo que nos atañe. Toda fábula termina y por ello la luna ha de abrir paso a la alborada. << ¡Ja! Esperabas un chiste forzado en este párrafo. ¡Pues no! ¿No ves que me ha quedado bonito?>>.

// Los diferentes carteles publicitarios. Sencillos y, al mismo tiempo, significativos. //

La metrópolis, un monstruo que rugue en varios idiomas, es bloqueada en parte por un manto de silencio y sosegada paz. Es aquí donde nuestra historia da comienzo y donde nuestros personajes habitan. Un espacio en degradé que desdibuja el “corazón enfermo de polución” <<sí, es de la Orquesta Mondragón, ¿Qué pasa?>> por un remanso imperturbable, en el cual las sombras se distinguen separadas. Un barrio apartado, protegido por una cúpula de floridos cerezos y apacibles brisas, lleno de vida, pero alejado del tóxico ruido urbanita. Éste es nuestro escenario y sus protagonistas interpretarán sus papeles dentro de una narración simple, pero a la vez, demoledora.

Sentarô, un repostero que no le gusta el dulce <<ya me has vendido el producto, cierra y vamos>>, sabe que luego de salir de su casa, al alba, debe iniciar su rutina usual. ¿Por qué no? Es quizás su primer pensamiento. Y sin importar que el deber le exija, decide subir al terrado del bloque y fumar un último cigarro antes de iniciar la jornada. Es aquí donde Sentarô comparte su vista con nosotros, una que nos revela la extensión de la túnica primaveral y cómo esta oscila custodiando la tranquilidad del barrio. Pero la brisa nos transporta a senderos transitados por otros dos viajeros, escapando del tumulto y resguardándose en el blanquecino y vegetal tejido. Wakana, una colegiala solitaria pero madura en sus acciones y razonamientos; y Tokue, una misteriosa señora mayor que rebosa vida y que transmite su particular visión de la naturaleza, son las que podremos ver huyendo de las agitadas mareas urbanas para terminar refugiándose en el tranquilo suburbio.

// La naturaleza es un personaje fundamental en la trama, su movimiento y su voz. <<Pero yo no abrazo árboles>>. //

Una vez la ulterior calada es exhalada, el telón se levanta, igual que los estores de la tienda de dorayakis que nuestro protagonista regenta y la receta cobra existencia como cada mañana. La preparación se nos muestra como una ceremonia ancestral, como un reflejo mecánico atrapado en un bucle laboral. Cuando todo esta listo, Sentarô, abre las ventanas corredizas y alista la pequeña mesa del extremo opuesto de la tienda, que da servicio solo a tres comensales. La espera de clientes no es en vano, si no acompañada de la cocción de las reducidas tapas que encerrarán el preciado dulce <<¿Ya estáis pensando en chocolate, verdad?>>.

A la distancia está Tokue, disfrutando del ir y venir de los niños, sonriendo con cada ilusión ajena dentro de una solitaria indiferencia. En reclamo de su propia vista, vislumbra una familia cerca del establecimiento de Sentarô, disfrutando del día y de las tibias sombras de los cerezos, y como llamada a lo desconocido decide acercarse, sin prisa pero sin pausa, a la ventanilla. Allí ya se encuentra sentada Wakana frente a la mesa, antes regida por tres insoportables compañeras de su instituto <<tres cotorras parlanchinas de manual que no se callan ni debajo del agua>>, disfrutando de un tentempié de leche y de la especialidad de la casa, el dorayaki. Podremos notar al instante que ella y el tendero son viejos conocidos, no solo por su forma de hablar, sino porque Sentarô comparte con ella sus productos defectuosos. Restos del día que para Wakana son un tesoro y para su creador un acto de paliar una necesidad imperativa. Tokue asoma la cabeza por la ventanilla y revela a los demás del porqué de su visita: una oferta de ayudante para el establecimiento. Luego de una tierna negativa, ya por su edad o porque Sentarô se sentía responsable por un futuro malestar hacia Tokue, deciden despedirse, pero no antes de recibir un regalo en forma de dorayaki por parte del cocinero.

// Nuestros disparejos personajes, pero así es la vida, asimétrica. <<Menos los dorayakis>>. //

Éste último gesto seria el detonante del regreso, en pleno ocaso, de Tokue a la tienda. Luego de insistir con su deseo laboral, una pregunta desencadena el florecimiento de la trama: ¿Hace su propia pasta de judías, hijo? O ¿Hace su propio An, hijo? Ya que An o Anko es el nombre de la elaboración del dulce de judías rojas que rellena el tradicional dorayaki <<¿Cómo os quedáis? Yo también pensaba que era chocolate>>.

Y hasta aquí vamos a llegar, pues es lógico que nuestros personajes trabajarán juntos, pero el recorrido debéis descubrirlo vosotros mismos.

Ésta es la premisa de “Una pastelería en Tokio” o simplemente “An (あん)” en su título fílmico original. Estrenada en 2015, la película está basada en la novela “Les Délices de Tokyo” de Tetsuya Akikawa. Dirigida y escrita por Naomi Kawase, y protagonizada por Kirin Kiki, en el papel de Tokue; Masatoshi Nagase, como el pastelero Sentarô; y Kyara Uchida, como la joven Wakana. El film inauguró la sección “Un certain regard” del Festival de Cannes, del mismo año, y pudimos disfrutarla en nuestro país en el Seminci de Valladolid <<¡Datos técnicos para todos!>>.

// La novela y su autor, el hombre de los mil nombres. <<Tiene como cuatro nombres distintos, pero es el mismo>>. //

Es una obra pausada, pero no imperceptible <<¡Hey! Soy el revisor. Para dormir vete a tu casa, mendrugo>>. Trata del amor hacia las personas y la cruel toxicidad acompañada de la usual ignorancia del ser humano. Un drama lleno de momentos tiernos, donde más de una vez esbozaréis una sonrisa y descubriréis que hay más de lo que parece. La crítica social se encuentra a flor de piel, ya que ésta es guiada por los problemas personales de nuestros tres protagonistas, situaciones muchas veces cotidianas, pero la simple acumulación deriva en el desahucio emocional.

El desarrollo de personajes es soberbio. Cada uno de ellos con personalidades muy diferentes que básicamente identificaremos, pero al correr de la travesía descubriremos sus decisiones y sus facetas más profundas. Tokue, una señora entrañable con una relación mística con la naturaleza; Wakana, una adolecente con problemas hogareños que su timidez no comparte; y Sentarô, un ser amargado y perdido en la tormenta de sus propios pensamientos debido a dificultades del pasado. Éstos son nuestros protagonistas, pero solo sus cáscaras. <<Yo soy como un pomelo, amargo y puñetero, porque aunque me peles siempre queda algo de cáscara>>.

// Luego de horas de elaboración la pasta de judías rojas está lista. Una expresión lo dice todo. //

El ser etéreo que he mencionado hasta la saciedad, si habéis estado atentos, es la naturaleza, y el responsable es Kyôko Heya, el director de arte. La magia que impregna en los escenarios es increíble, y la luz de cada toma está excelentemente cuidada, ya que ésta transmite emociones importantes al espectador y las integra a las de nuestros intérpretes <<Me pasa cuando llueve, ¿Será culpa del tal Kyôko?>>. Desde un amanecer luminoso filtrado por el manto apaciguando el entorno con una sombra fresca, hasta los interiores más oscuros develando el sombrío íntimo de nuestros personajes, son algunos ejemplos de lo que podréis disfrutar.

¿Qué podría decir de su banda sonora? Es maravillosa, porque exceptuando algunas escenas donde escuchamos música instrumental, todo lo demás es melodía ambiental. El sonido de la brisa, el crujir de los árboles mecidos por el viento, los transeúntes y los utensilios de cocina son nuestros compositores. Éstos se mezclan de forma natural, tanto con las conversaciones como con las pocas obras instrumentales que escucharemos. Esta armonía diegética permite al espectador sumergirse en la trama y formar parte de ella, como si de un testigo presencial se tratase. <<Pues yo quisiera tirarles una alpargata a los pajaritos que cantan a las seis de la mañana, puñeteros>>

// Una película sencilla pero de miradas más altas. <<Esas son las tres cotorras parlanchinas>>. //

Todo en su conjunto hace de “Una pastelería en Tokio” una obra maravillosa y sin pretensiones, con un mensaje claro que llena el corazón y la alegría de vivir en un mundo donde nada es blanco o negro. No es una película para todos los públicos, y no lo digo por su ratio de edad, sino que está dirigida a personas que disfruten de un cine más pausado y, tal vez, más emocional y racional. Os deleitará con escenas picarescas y os trastocará con situaciones injustas y palpables a día de hoy. Amor y prejuicios es lo que nos encontraremos, todo aderezado con comprensión y un toque de compasión. <<Si os aburrís con facilidad, y necesitáis de tiros y lucecitas, ésta no es vuestra película. Así que volved a vuestro universo cinematográfico>>.

No hay más. Es un film sentimental, sencillo y directo. Su magia reside en el desarrollo de sus personajes y en el entorno en el cual habitan. No es algo que se pueda escribir en más líneas sin arruinar la experiencia, queridas/os amigas/os, y por ello os invito a relajaros en el sofá y disfrutar de esta obra de arte del celuloide. Y lo más importante: sacad vuestras propias conclusiones.

Yo me despido, pero no sin antes desearos una buena merienda y si es con dorayakis tradicionales mejor, que yo no los he catado… todavía.

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